«Si pudiera convertirme en música, lo haría. Sería
una pieza de piano que se extiende en el aire. Sedosa
y visual, casi cinematográfica: un índice que
dibuja una boca y le da vida, una mano que acaricia
con delicadeza coreográfica el espectro humano.»

Sol Iametti, Criatura del viento

 

La música es un lugar, un lugar en el que recogerse y dejarse llevar. Nunca ha sido un lugar para pensar, la música tiene su propio pensamiento, la buena música al menos.

¿Qué nos produce placer de la música? ¿Las vibraciones? ¿El espacio sin cuerpo que recorre nuestras células? ¿La memoria de lo que todavía no existe? ¿Cuántas veces vivimos aquello que aún solo es posible bajo la lógica de una complejidad armónica concreta? Una buena canción difumina los límites de lo posible sin quebrar las leyes básicas de la física y de la vida.

No se puede intelectualizar, de la misma forma que no se puede intelectualizar la poesía. Se puede jugar a decir cosas del rastro de la voz, de las tensiones que se resuelven o no (siempre más interesantes si no se resuelven, esto va de seguir en la ola también, down there at the pawn shop), de la evocación, de lo imprevisible…

Pero si se pudiera explicar todo no sería un lugar, no sería ese lugar en el que queremos quedarnos, ese lugar en el que no hay nada de afuera que pueda sacarnos de una sola cosa, de un presente, de un tacto, de un orgasmo. La música es un orgasmo.

La intención elitista de clase de la melomanía es un corolario de la torsión conceptual con la que el cisheteropatriarcado blanco binario colonial pretende y ha pretendido erigir los modos posibles de producir teoría sobre el movimiento intelectual siempre ilegítimo de apropiación y dominación. Y aquí entra el por qué nunca somos nosotrxs las que ocupamos el espacio visible de la erudición musical. Por qué casi no hay más voces como la de Sol hablando de la experiencia de la música.

La música nos habla de la realidad, la lista que llevamos en Spotify, si nos abre de arriba abajo, nos lleva a la profundidad de todo hasta que se nos clava en el cuerpo, para que sigamos creyendo en las posibilidades, en aquello que no vemos, aunque sea solo para saber que hay algo que no vemos. No nos entregamos a la música para salvarnos, nos entregamos para sentir.

And we’re free to roam

 

Sam Cárdenas